Juan Carlos Moreno (Julio 2004)Amar su obra hasta darle vida
Pigmalión es otro de los mitos heredados de la antigüedad griega que ha inspirado a escritores y artistas a través de los siglos. Fue un importante rey de Chipre que destacaba por su bondad y sabiduría. Cuando no ejercía su cargo, su mayor entretenimiento era la escultura. Tanto le absorbió esa actividad que llegó a no interesarse por otra cosa. Ni siquiera se tomaba el tiempo para buscar esposa, algo que inquietaba a sus súbditos pues veían con desagrado la falta de descendientes en la familia real. Pigmalión se dedicaba de lleno a su arte, trabajando hasta altas horas de la madrugada, constantemente dedicado a crear magníficas esculturas. Un día pensó crear la figura de una hermosa mujer, la mujer más bella que nunca hubiese sido esculpida. Y trabajó incansablemente para lograr su objetivo. En cuanto acabó, vistió la figura de mármol con las mejores galas y le puso el nombre de Galatea. Y la siguió retocando y modelando hasta lograr que fuese absolutamente perfecta. Tan perfecta que el autor se dio cuenta de que se había enamorado de su obra. Días después, en unas fiestas celebradas en honor de Afrodita (Venus), Pigmalión sorprendió a todos suplicando a la diosa del amor y de la belleza que transformara a Galatea en un ser humano, para que así pudiera amarla como merecía. Nada más realizar su petición, corrió intrigado a su taller para ver el resultado.
“Pigmalión se dirigió a la estatua y, al tocarla, le pareció que estaba caliente, que el marfil se ablandaba y que, deponiendo su dureza, cedía a los dedos suavemente, como la cera del monte Himeto se ablanda a los rayos del sol y se deja manejar con los dedos, tomando varias figuras y haciéndose más dócil y blanda con el manejo. Al verlo, Pigmalión se llena de gran gozo mezclado de temor, creyendo que se engañaba. Volvió a tocar la estatura otra vez y se cercioró de que era un cuerpo flexible y que las venas daban pulsaciones al explorarlas con los dedos”. (“Metamorfosis” de Ovidio, 43 a.C.-17d.C.) Bajando con suma gracia del pedestal donde se encontraba, Galatea se dirigió con una hermosa sonrisa a su creador. Pigmalión le dijo entonces si quería ser la reina de Chipre, a lo que ella contestó que le bastaba con ser su esposa. A los pocos días se celebró la boda a la que asistió la misma Afrodita en forma de mortal. “Mereces la felicidad, una felicidad que tú mismo has plasmado”, le dijo Afrodita. “Aquí tienes a la reina que has buscado. Ámala y defiéndela del mal”. La unión fue sumamente feliz y fructífera, pues dio varios hijos, entre ellos Pafos, al que Afrodita entregó como regalo una isla que lleva su nombre hasta la actualidad. Inspirado en este mito, se considera que el pigmalión de alguien es una persona que ha contribuido de forma determinante a su educación o a la evolución de su carrera. Y en el terreno educativo se acuñó el término “efecto Pigmalión”: cuanto mayores sean las expectativas de los educadores mejores serán el rendimiento y desarrollo personal de los estudiantes. El mito en la literatura y el cine Las variantes de la leyenda griega de Pigmalión y Galatea son múltiples en la historia del arte y de la cultura, y han inspirado a pintores y músicos, dramaturgos y psicólogos, a través de los siglos.
El cine ha tratado también con profusión la idea de alguien que intenta plasmar sus sentimientos, comportamientos y pensamientos en otra persona, hasta transformarla. Entre las novelas, destaca la obra del Premio Nóbel de Literatura, George Bernard Shaw, “Pigmalión”, llevada al cine en dos ocasiones. La primera en 1938 y la segunda en 1964 bajo el nombre de “My fair lady”. En esta película, una inolvidable Audrey Hepburn da vida a una descarada y vulgar florista londinense a quien el lingüista profesor Rex Harrison convierte en una aristocrática dama. Entre otras obras, nacionales y extranjeras, el español Manuel Vázquez Montalbán ofreció en su relato “Pigmalión” (1973) una versión moderna del mito. Juan Carlos Moreno
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