Joaquín Mira (Junio 2004)

Mi encantadora visita a Cuenca

 

Joseph McBride and Pigs
Las casas colgadas de Cuenca

El año pasado, en la visita anual a mi madre durante el verano, decidimos pasar dos días en Cuenca, a 165 kilómetros de Madrid, y adonde se puede llegar en un par de horas. Aquí van unos cuantos pensamientos relacionados con esa visita. No pretendo que este sea un artículo enciclopédico de lo que se puede ver y hacer sino algo personal que espero os anime a todos a visitar esta interesante ciudad.

¿Qué tiene Cuenca de especial? ¿Por qué, por ejemplo, los príncipes Felipe y Letizia la eligieron como la primera etapa de su luna de miel?

La historia de Cuenca, declarada Patrimonio de la Humanidad, es la típica de cualquier ciudad antigua española. El nombre quizás venga de los concanos, pueblo prerromano que habitó esa zona. Fue un enclave romano, del que se conserva apenas nada. Después los árabes la conquistaron al poco de invadir la península, allá por el 711 d.C. Ellos la llamaron Conca o Kunka, y de ahí deriva probablemente en nombre actual. El rey cristiano Alfonso VIII la reconquistó. Después de un largo asedio, entró triunfalmente el 11 de Septiembre de 1177, fiesta de San Mateo, que todavía se celebra.

El fervor religioso la llenó de conventos, iglesias y monasterios que es lo que se puede ver hoy día, en un estado precioso de mantenimiento, aunque muchos ya se hayan convertido en paradores, hoteles, museos, etc. Hasta aquí no hay nada único o especial. Entonces, ¿qué separa a Cuenca de Toledo, Cáceres, o todas estas
villas llenas de tesoros y arquitectura medievales?

Yo diría que el entorno, el lugar, el sitio elegido para construirla, que es inaudito, inigualable, algo único. No sé si conocéis la serranía de Cuenca, llena de ríos con sus barrancos y valles, montes escarpados con un montón
de formaciones rocosas peculiares y bosques frondosos cubriendo sus laderas. Imaginaos dos ríos (Júcar y Huécar), que van más o menos paralelos y que cada uno de ellos labra en millones de años, unos profundos
valles (los locales les llaman hoces). Entre los dos queda un espolón rocoso que se alza muchas decenas de metros por encima de estos valles y cuyos lados caen vertiginosamente hacia el río, en algunos sitios con paredes verticales, prácticamente inexpugnables. Por eso Pío Baroja la llamó "nido de Águilas".

La mayoría de los castillos que encontramos por el mundo fueron construidos en colinas o zonas altas. La diferencia aquí es que había suficiente terreno no sólo para un castillo, sino para una ciudad entera. Y estos arquitectos medievales, o maestros constructores y canteros, como se los llamaba, con su afán de aprovechar terreno, no solo construyeron en la parte plana del promontorio, sino también en la parte ya oblicua que cae hacia los ríos. El resultado es un conjunto de edificaciones que desafían la gravedad.

Una vez dentro de algunos de estos edificios, las ventanas y patios se asoman al vacío. Los muros parecen que están suspendidos en el aire. Los edificios siguen bajando y bajando por las empinadas laderas. Al entrar en el convento de Carmelitas, la casa no sube, como se espera normalmente, sino que baja y baja, encontrándose en pisos inferiores pequeñas celdas y habitaciones en sitios labrados en la roca, donde uno piensa que ya no habría espacio para construir.

Joseph McBride and Pigs
Bajar y bajar

No sorprende, pues, que lo más famoso de Cuenca sean las casas "colgadas"'. Mi primera visita a esta ciudad fue con mis padres cuando tenía unos 10 años. Para animarme a ir me dijeron: vas a ver unas casas colgadas. Y yo, con mi imaginación infantil, pensé en algo colgado de una especie de saliente, balanceándose en el aire. Naturalmente, la realidad no es tan dramática, pues están ancladas en la roca, pero al borde del precipicio, de manera que los balcones sí que están realmente en el aire. No hay nada entre ellos y el suelo del valle, que está a decenas de metros por debajo. No es de extrañar que hoy en día, esté prohibido asomarse o incluso pisar esos balcones. Pero el alarde arquitectónico y técnico ha quedado para asombro de la posteridad. ¡Y pensar que se construyeron en el siglo XIV! ¿Cómo no se caen, cómo se mantienen en ese equilibrio precario? Habrá miles de respuestas técnicas, pero para el turista es casi como un milagro.

Me alojé en el Parador de San Pablo, el lugar elegido por los príncipes para su primera noche fuera del
palacio. Es un antiguo convento dominico, macizo e impresionante, convertido en hotel. Como en la mayoría de los paradores, han intentado mantener lo más posible el ambiente auténtico de la época, y no es difícil
imaginar a nuestros antepasados monjes caminando silenciosamente por esos largos corredores, pensando en las cosas de Dios. El aliciente especial de este parador son las vistas del valle del Huécar y de los imponentes muros rocosos de la ciudad, coronados por los ya descritos edificios que cuelgan hacia el precipicio.

El casco antiguo, lo que llaman la Ciudad Vieja, es la zona que tiene toda la historia del lugar con los distintos conventos, iglesias, museos, etc. Sin embargo yo diría que el encanto de Cuenca es simplemente poder estar allí, pasear por esas calles estrechas adoquinadas, que de vez en cuando se asoman al precipicio, donde podemos vislumbrar los bosques del otro lado del valle, el río que nos acaricia los oídos con sus pequeños rápidos, y todos esos edificios colgados que me siguen asombrando. Hay plazoletas con sus pequeñas fuentes, túneles estrechos y oscuros donde las casas saltan de un lado al otro de la calle, y nosotros nos metemos por debajo de ellas, como si nos dejasen ver sus entrañas ocultas.

Todo está rodeado de hiedras que trepan por esos vetustos muros, de flores, de verde, y todo recibiendo esa brisa refrescante que muchos días acaricia la ciudad, muy por encima de los calurosos valles. Con eso y estando a casi 1000 metros de altura sobre el nivel del mar, incluso un día bochornoso de verano es llevadero. Y después de andar y andar, de subir y bajar, está la gran Plaza Mayor, presidida por la catedral, separada de la ciudad moderna por unos arcos barrocos, llena de bares con sus terrazas repletas de mesas, para poder refrescarnos con una buena cerveza fría y disfrutar de nuestras famosas tapas.

Tuve la suerte de asistir a un concierto de música medieval en una de las muchas iglesias, siempre templadas, incluso en verano, donde uno puede encontrar reposo, silencio y paz en medio del ajetreo del día. También
había un concurso de pinturas, y toda la ciudad estaba llena de pintores con sus pinceles, lienzos, caballetes, buscando el sitio inverosímil, la vista única que les daría el premio. Y ver los sitios que escogían para conseguir
ese ángulo único, era parte de la atracción. Descubrir esos recovecos únicos es uno de los placeres que ofrece esta ciudad.

Joseph McBride and Pigs
La catedral, siglo XII

Hay, como en casi toda España, buenos restaurantes, para todos los niveles económicos, para disfrutar de la gastronomía castellana. Tuve la suerte de cenar en el Mesón Casas Colgadas (curiosamente el elegido por los
príncipes para su cena en la ciudad), a unos metros de uno de los balcones que sobresalen en el vacío. Por desgracia el acceso al balcón estaba prohibido, aunque era fácil imaginar el vértigo que daría asomarse a él y
ver allá abajo el suelo del valle entre las tarimas de madera del piso del balcón. Me acuerdo que degusté el rabo de toro, un plato poco común, con una carne suave y sabrosa, tan tierna que parece que se derrite en la boca.
Naturalmente la comida se completó con un buen tinto para acompañar a la carne. Realmente los tintos españoles no tienen que envidiar a ningún país del mundo, y ya quisieran muchos extranjeros conseguir esa calidad por el precio que pagamos en nuestro país.

Cuando entréis en la ciudad, no os desaniméis, pues hay que empezar por la parte nueva, que es igual que cualquier ciudad moderna, sin nada especial. Seguid hasta la Ciudad Vieja. Lo mejor es ir directamente al parador, pues aunque no vayáis a residir ahí, este lugar os da una vista impresionante del valle del Huecar, las Casas Colgadas, y la ciudad vieja, y podéis entrar a ella a través de un puente colgante.

En fin, estando tan cerca de Madrid, se puede ir a Cuenca sólo por un día. Yo os aconsejaría que pasaseis por lo menos una noche en ella, para poderos pasear por esas calles viejas al atardecer o de madrugada, cuando hay menos gente. En estas ciudades antiguas a mí me gusta sobre todo madrugar, y pasear por ellas muy de mañana, cuando la ciudad todavía duerme. Entonces no ves a nadie, estás solo, disfrutando del frescor matutino y de los rayos del sol saliente coloreando esos viejos edificios y adoquines. Te puedes hacer la ilusión de que estás viviendo en la época medieval, y que te vas a encontrar con un caballero acorazado o un elegante señor con su capa y su pluma en el sombrero. Naturalmente, en cuanto ves el primer turista con sus pantalones vaqueros y su máquina de foto