Troya, de la película a la mitología

Aguiles, Héctor, Helena y Paris
protagonistas de la pelicula
El pasado 14 de mayo el cine trajo a las pantallas de San Antonio
la película “Troya”, nombre de la ciudad y de
la legendaria guerra del año 1193 a.C., cantada por el poeta
griego Homero en la Ilíada. De hecho, en griego Troya en
se dice Ilión.
Nunca pudo imaginar Homero que su poema iba a servir de inspiración
para una de las superproducciones más caras de Hollywood.
Las cifras son elocuentes: más de 200 millones de dólares
de presupuesto, la construcción de una entera ciudad griega,
la realización de varias batallas, cinco lugares de rodaje,
entre ellos el Cabo San Lucas, en la costa oeste de México…
aparte de un atractivo cartel de célebres y bellos intérpretes,
1.250 extras reales anónimos y miles de soldados sin alma
porque fueron creados por ordenador.
La película, de dos horas y media de metraje, que con tanta
muerte y destrucción inútil pretende ser antibelicista
es, en todo caso, laicista pues los dioses míticos no aparecen
en ella. Elimina así lo esencial, porque las epopeyas y hazañas
de los héroes de la antigüedad grecolatina son incomprensibles
sin la complicada y tortuosa relación entre dioses y humanos.
El rapto de la bella Helena dio origen a la guerra de Troya. Pero
(y la película ni siquiera lo menciona) la trama había
comenzado antes con Eris, diosa de la Discordia, a quien le encantaba
provocar incidentes. Era feliz cuando lograba que dos o más
dioses se enzarzaran en una riña feroz. Por eso fue desterrada
del Olimpo y nadie quería tener relación con ella.
(De Eris heredamos en español la palabra erística,
que es el arte de la controversia).
Así, cuando se celebró la boda entre la diosa Tetis
y el mortal Peleo no fue invitada, para evitar que la fiesta terminara
en disputa. Sin embargo, la Discordia se enteró y se presentó
intempestivamente, arrojando una manzana de oro al banquete con
la inscripción: “A la más bella”. Como
diciendo: “Ahí dejo eso, a ver cómo se las arreglan”.
Zeus se lavó las manos y no quiso conceder ese título
a ninguna de las tres hermosas aspirantes: Hera (su esposa), Atenea
y Afrodita. Éstas decidieron entonces acudir a un mortal
llamado Paris, príncipe de Troya, para que diera su veredicto.
Es lo que se denomina “el juicio de Paris”, punto de
partida del conflicto.
Las tres bellas diosas intentaron sobornarlo: Hera le ofreció
ser rey de toda Asia, Atenea le aseguró que ganaría
todas las batallas en las que participara, mientras que Afrodita
le prometió la mujer más hermosa de la Tierra y Paris
le concedió la manzana. Decepcionadas, Hera y Atenea deciden
destruir Troya.
Afrodita tuvo pues que ayudarle a conseguir el amor de la bella
Helena, esposa de Menelao, rey de Esparta. Allí acudió
Paris donde fue atendido con todos los honores. Y cuando Menelao
tuvo que ir a Creta a resolver un asunto urgente, Paris aprovechó
para declararle su perdido amor a Helena, quien, abjurando de su
patria, se fue con él a Troya.
Al regresar Menelao, ofendido en el alma por el rapto, reunió
a su ejército, convocó a todos los reyes griegos y
declaró la guerra a Troya. Según nos cuenta Homero,
la guerra duró varios años. De hecho la Ilíada
comienza en el décimo año del asedio a la ciudad.
Una guerra con muchos altibajos y en la que participaron numerosos
dioses y héroes.
El más destacado fue sin duda Aquiles, hijo de un mortal,
Peleo, y de una nereida o ninfa del mar, Tetis. Al nacer, su madre
lo zambulló en las aguas de la laguna Estigia del mundo subterráneo
para que fuera invulnerable. Solamente el talón por el que
tenía que sujetarlo quedó fuera del agua, careciendo
así del atributo.
Desde el inicio y durante casi todo el transcurso de la guerra,
Aquiles estuvo siempre en la vanguardia de la lucha, al frente de
los griegos. En un enconado enfrentamiento venció al héroe
troyano Héctor, después que éste diera muerte
a su “querido” amigo Patroclo.
Aquiles consiguió entonces numerosos honores y riquezas,
pero no los disfrutó por mucho tiempo. En una de las múltiples
luchas frente a las murallas de Troya, se enfrentó con Paris.
Éste, que seguía bajo la protección de Afrodita,
le disparó una flecha al lugar donde, según le indicó
la diosa, era vulnerable. La flecha, dirigida además por
el dios Apolo, celoso de la admiración que despertaba el
héroe griego, siguió una dirección inalterable
hasta el único punto que podía causarle daño
a Aquiles, su talón.
La herida acabó con la vida de uno de los héroes
más valerosos y arrojados de la tradición griega.
La conocida expresión “talón de Aquiles”,
como punto vulnerable de una persona o institución, tiene
su origen en la muerte del héroe de la Ilíada. Contrariamente
a lo que muestra la película, Aquiles ya había fallecido
cuando a Ulises, otro héroe griego, se le ocurrió
la astucia del “caballo de Troya”, que posibilitó
la caída y destrucción de la ciudad.
En fin, todos estos dioses, verdaderos co-protagonistas de la Ilíada
no aparecen en la superproducción de Hollywood. Es como decir
que la película “Troya” se queda con lo anecdótico
y no ofrece lo esencial de la epopeya de dioses y humanos versificada
por Homero.
Juan Carlos Moreno