Troya, de la película a la mitología

 

Joseph McBride and Pigs
Aguiles, Héctor, Helena y Paris
protagonistas de la pelicula

El pasado 14 de mayo el cine trajo a las pantallas de San Antonio la película “Troya”, nombre de la ciudad y de la legendaria guerra del año 1193 a.C., cantada por el poeta griego Homero en la Ilíada. De hecho, en griego Troya en se dice Ilión.

Nunca pudo imaginar Homero que su poema iba a servir de inspiración para una de las superproducciones más caras de Hollywood. Las cifras son elocuentes: más de 200 millones de dólares de presupuesto, la construcción de una entera ciudad griega, la realización de varias batallas, cinco lugares de rodaje, entre ellos el Cabo San Lucas, en la costa oeste de México… aparte de un atractivo cartel de célebres y bellos intérpretes, 1.250 extras reales anónimos y miles de soldados sin alma porque fueron creados por ordenador.

La película, de dos horas y media de metraje, que con tanta muerte y destrucción inútil pretende ser antibelicista es, en todo caso, laicista pues los dioses míticos no aparecen en ella. Elimina así lo esencial, porque las epopeyas y hazañas de los héroes de la antigüedad grecolatina son incomprensibles sin la complicada y tortuosa relación entre dioses y humanos.

El rapto de la bella Helena dio origen a la guerra de Troya. Pero (y la película ni siquiera lo menciona) la trama había comenzado antes con Eris, diosa de la Discordia, a quien le encantaba provocar incidentes. Era feliz cuando lograba que dos o más dioses se enzarzaran en una riña feroz. Por eso fue desterrada del Olimpo y nadie quería tener relación con ella. (De Eris heredamos en español la palabra erística, que es el arte de la controversia).

Así, cuando se celebró la boda entre la diosa Tetis y el mortal Peleo no fue invitada, para evitar que la fiesta terminara en disputa. Sin embargo, la Discordia se enteró y se presentó intempestivamente, arrojando una manzana de oro al banquete con la inscripción: “A la más bella”. Como diciendo: “Ahí dejo eso, a ver cómo se las arreglan”.

Zeus se lavó las manos y no quiso conceder ese título a ninguna de las tres hermosas aspirantes: Hera (su esposa), Atenea y Afrodita. Éstas decidieron entonces acudir a un mortal llamado Paris, príncipe de Troya, para que diera su veredicto. Es lo que se denomina “el juicio de Paris”, punto de partida del conflicto.

Las tres bellas diosas intentaron sobornarlo: Hera le ofreció ser rey de toda Asia, Atenea le aseguró que ganaría todas las batallas en las que participara, mientras que Afrodita le prometió la mujer más hermosa de la Tierra y Paris le concedió la manzana. Decepcionadas, Hera y Atenea deciden destruir Troya.

Afrodita tuvo pues que ayudarle a conseguir el amor de la bella Helena, esposa de Menelao, rey de Esparta. Allí acudió Paris donde fue atendido con todos los honores. Y cuando Menelao tuvo que ir a Creta a resolver un asunto urgente, Paris aprovechó para declararle su perdido amor a Helena, quien, abjurando de su patria, se fue con él a Troya.

Al regresar Menelao, ofendido en el alma por el rapto, reunió a su ejército, convocó a todos los reyes griegos y declaró la guerra a Troya. Según nos cuenta Homero, la guerra duró varios años. De hecho la Ilíada comienza en el décimo año del asedio a la ciudad. Una guerra con muchos altibajos y en la que participaron numerosos dioses y héroes.

El más destacado fue sin duda Aquiles, hijo de un mortal, Peleo, y de una nereida o ninfa del mar, Tetis. Al nacer, su madre lo zambulló en las aguas de la laguna Estigia del mundo subterráneo para que fuera invulnerable. Solamente el talón por el que tenía que sujetarlo quedó fuera del agua, careciendo así del atributo.

Desde el inicio y durante casi todo el transcurso de la guerra, Aquiles estuvo siempre en la vanguardia de la lucha, al frente de los griegos. En un enconado enfrentamiento venció al héroe troyano Héctor, después que éste diera muerte a su “querido” amigo Patroclo.

Aquiles consiguió entonces numerosos honores y riquezas, pero no los disfrutó por mucho tiempo. En una de las múltiples luchas frente a las murallas de Troya, se enfrentó con Paris. Éste, que seguía bajo la protección de Afrodita, le disparó una flecha al lugar donde, según le indicó la diosa, era vulnerable. La flecha, dirigida además por el dios Apolo, celoso de la admiración que despertaba el héroe griego, siguió una dirección inalterable hasta el único punto que podía causarle daño a Aquiles, su talón.

La herida acabó con la vida de uno de los héroes más valerosos y arrojados de la tradición griega. La conocida expresión “talón de Aquiles”, como punto vulnerable de una persona o institución, tiene su origen en la muerte del héroe de la Ilíada. Contrariamente a lo que muestra la película, Aquiles ya había fallecido cuando a Ulises, otro héroe griego, se le ocurrió la astucia del “caballo de Troya”, que posibilitó la caída y destrucción de la ciudad.

En fin, todos estos dioses, verdaderos co-protagonistas de la Ilíada no aparecen en la superproducción de Hollywood. Es como decir que la película “Troya” se queda con lo anecdótico y no ofrece lo esencial de la epopeya de dioses y humanos versificada por Homero.

Juan Carlos Moreno